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Vinimos con la SUBE y acá nadie nos regaló un choripán | Crónica del #24A

Estuvimos en la marcha en defensa del macrismo. Un relato en primera persona, y fotos que hablan por sí solas.

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Fotografías: Cristina Sille*

Son casi las 17 horas en el exacto centro de la ciudad. En las inmediaciones del Obelisco se ven muchas banderas de Argentina y bastante gente que se impone y corea: Sí se puede, sí se puede. También cantan convencidos y furiosos: No vuelven más, no vuelven más. Convocados bajo la premisa #lavamosadarvuelta, se creó el #24AYoVoy. Entre quienes difundieron videos y contenidos por las redes sociales, están las actuaciones especiales de Luis Brandoni y Juan José Campanella. Los hashtags para «defender la república» se expandieron con el objetivo de salir a las calles a manifestar que el resultado de las PASO -que dejó al macrismo 15 puntos debajo de la oposición- se va revertir.

Aquí, en el único distrito del país –junto con Córdoba- donde el oficialismo ganó las Primarias, veo pasar las postales porteñas delante de mis ojos. Una mujer con la bandera albiceleste colgada sobre los hombros y una corneta en la mano me cuenta que está ahí porque quiere defender la república. Que mientras al presidente lo insultan y le dicen cualquier cosa, a Cristina nadie le decía nada por miedo. Y remata: «¿Sabes por qué le tenían miedo? Porque a Nisman lo mandó a matar, entonces ¡puede matar a cualquiera!». Otra señora se hace postal mientras salta y grita contenta No vuelven más, no vuelven más. Dice que Macri es lo mejor que nos pasó en la historia, que ella habló con los vecinos y que están arrepentidos de lo que hicieron –votar al Frente de Todos en las PASO-. Le pregunto si ganan en octubre. Dice que no, pero que llegan a balotaje y que en noviembre sí; lo dice eufórica y convencida. Le agradezco el tiempo y me voy. Mientras me alejo, escucho que le dice a otra: «¡Tampoco seamos tan crédulas eh!». Es llamativa la cantidad de señoras de más de 50 años que hay en esta marcha; una de ellas me dice que está harta del populismo: «No quiero convencer más pobres para regalarles sánguches, choripanes y llevarlos en camiones. Quiero gente inteligente que pueda pensar y decidir».

Dice que Macri es lo mejor que nos pasó en la historia, que ella habló con los vecinos y que están arrepentidos de lo que hicieron –votar al Frente de Todos en las PASO-.

Son muchos más de los que esperaba encontrar, tanto así que cortan la calle. Algo que yo no esperaba ver, ya que les molesta y se quejan cuando otros lo hacen. Avanzan por Diagonal Norte hacia Plaza de Mayo y una señora que camina con su amiga al lado y parece haberme leído la mente, me dice: «lo hacemos para apoyar al presidente, somos muchos y si no cortamos la calle no entramos». Y me aclara: «esto es una manifestación».

Se canta el himno y se sacuden banderitas celestes y blancas. Hay un auto con parlantes, y junto a él está Luis Otero, ex conductor de Canal 13 y actual candidato a intendente de Avellaneda por Juntos por el cambio –quien obtuvo el 28% en las PASO contra un 55% de Jorge Ferraresi del frente de Todos-. La gente se emociona, y después de entonar las estrofas de la canción patria, se amontona y se saca fotos con él.

Ya en la Plaza de Mayo parecen ser menos, pero igual son muchos. Las que sin dudas no vinieron son las fuerzas de seguridad. Ningún policía apareció entre las postales porteñas hoy; ni de la Ciudad, ni de la Federal, ni en patrulla, ni a pie, ni a caballo. Dato curioso que notan un grupo de personas a las que escucho decir: “Acá no hay policía porque nosotros somos los civilizados, somos el tercio de la población que le da de comer al resto. ¿Acaso viste a alguien con un mortero?”

Acá no hay policía porque nosotros somos los civilizados, somos el tercio de la población que le da de comer al resto.

Un señor alto se golpea el pecho con orgullo y grita: «Vinimos con la SUBE. Acá nadie nos regaló un choripán». Está emocionado, se siente un héroe patrio. A su alrededor, la muchedumbre empieza a cantar Vinimos con la SUBE mientras levantan sus tarjetas y las muestran orgullosos con sus brazos en alto. En una escena paralela, un hombre le dice a su esposa en tono de gracia: «Nosotros en realidad vinimos en auto». Ella lo regaña y le contesta: «lo de la SUBE es una representación, porque nosotros que somos gente de dinero también andamos en colectivo».

En Plaza de Mayo y cerca de las 18.30 sucede algo que yo nunca antes había visto. Las rejas de las vallas que dividen la Plaza se abren y mientras la muchedumbre avanza sin restricciones hacia la Casa Rosada, por primera vez estoy de ese lado. Estoy sorprendida, quiero saber por qué las levantaron y nos dejaron pasar; un hombre me dice: “porque hoy es un día especial”. No contenta con su respuesta, busco que algún policía me saque la duda. Busco y busco: no encontrarlos también es algo que me pasa por primera vez en una marcha durante el macrismo.

Ar-gen-ti-na, sin-Cris-ti-na es otro de los hits que cantan enardecidos mientras atraviesan orgullosos las rejas abiertas para ellos y se acomodan de cara a la Casa Rosada. Para cerrar la jornada, Mauricio Macri sale al balcón y hace muchos movimientos con sus manos. Saluda, se toca el pecho, eleva los brazos al cielo, sacude una bandera de Argentina. Así repetidamente por unos 20 minutos. También se saca una selfie sonriente con Juliana Awada y la Plaza de fondo. La comparte en las redes acompañada de un «Gracias Argentina» en mayúsculas y lleno de signos de exclamación de los que cierran y ninguno de los que abren. También agrega: «Sigamos juntos».

Una Plaza bastante llena y un presidente que hace gestos en el balcón de la Casa de gobierno esbozan la postal final de este sábado 24 de agosto. A nadie le molesta que desde ese emblemático lugar de la Rosada, el líder no diga una sola palabra. Será que sus fans saben que no hay mucho para escuchar. 

Licenciada en Comunicación Social. Cayó en la Pública a los tres años y nunca salió de ahí. Milita el mate amargo y el verano. Busca palabras y flores por donde sea que vaya. @marumariel_

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El Perú estalla en medio de una pandemia y a menos de un año de su bicentenario

Perú ha vivido una de las semanas más duras de la historia; el análisis en la voz de dos periodistas peruanos.

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Por Andy Livise*

Foto de portada: ©Sebastian Castañeda/Reuters

Fotografías en la nota: Patricio Lagos**

En una sola semana, el Perú ha tenido tres presidentes, dos estudiantes asesinados por impactos de proyectiles, 63 manifestantes heridos por lo mismo y por inhalación de gases, 43 jóvenes inubicables, siete días consecutivos de protestas, continuos cacerolazos y una “generación del bicentenario” que por momentos intenta llevar el debate a una nueva constitución. 

El detonante de la crisis en Perú fue la destitución de Martín Vizcarra, pero para entender por qué un simple acto político pudo llevar a una sociedad entera a la convulsión, es imprescindible describir en tres puntos cómo se encontraba el país cuando estalló.

Uno. Hasta el 9 de noviembre, Vizcarra gobernaba el Perú. Él asumió el mando en marzo de 2018, en reemplazo del renunciante Pedro Pablo Kuczynski. Su gobierno fue bastante popular por haberse enfrentado al Congreso —al punto de cerrarlo constitucionalmente— y por haber impulsado una reforma política y judicial a través de un referéndum. La imagen que daba era la de un mandatario que luchaba contra la corrupción, hasta que también aparecieron las denuncias por coimas contra él.

Dos. El Congreso que legisla ahora (el que ha desatado esta crisis) es nuevo. Fue elegido en febrero de este año y empezó sus funciones en marzo. Era uno “de transición”. Solo estaría hasta julio del 2021 porque debía terminar la gestión del parlamento que Vizcarra —amparado en la Constitución y en el respaldo popular— disolvió en setiembre del 2019 por obstruccionista al rechazarle dos gabinetes ministeriales.

Tres. A pesar de haber decretado velozmente una cuarentena por la pandemia, el Perú pasó a convertirse en agosto en “el país con la mayor tasa de mortalidad del mundo por covid-19”. El avance de la enfermedad y el enclenque sistema público de salud provocaron más de 900 mil infectados y más de 34 mil muertes. Además, el extenso confinamiento (duró hasta junio) y la informalidad laboral trajeron el inevitable desempleo. La crisis sanitaria causó otra económica: el PBI cayó en 17% y el país entró en recesión.

Ese era el clima que se vivía en el país antes de que todo reventara. Sin embargo, empezábamos a recuperarnos lentamente: las cifras de contagios y muertes por covid-19 iniciaban su descenso en setiembre y la población comenzaba a retomar sus labores con normalidad. Todo avanzaba con mucha cautela por el temor a una segunda ola de contagios. El país era consciente de que la pandemia aún nos soplaba la nuca. Y a pesar de eso, el Congreso decidió empezar su juego de tronos.

Cada partido político del parlamento tenía su propio motivo para destituir a Vizcarra. Por un lado, están Acción Popular y Alianza Para el Progreso, dos grupos acusados de pretender suspender las elecciones para quedarse en el poder más tiempo del debido. Por otro lado, está Podemos, un partido dirigido por un empresario cuya universidad privada fue cerrada por mala calidad durante la reforma educativa. También está Unión Por el Perú, una agrupación dirigida desde una prisión por Antauro Humala, un exmilitar sentenciado en 2009 por el asalto de una comisaría y a quien también le conviene que las elecciones se suspendan hasta que pueda postular en libertad. No podía faltar Fuerza Popular, el grupo de Keiko Fujimori que no le perdona a Vizcarra haber disuelto el Congreso anterior de mayoría fujimorista. Aparece por ahí Somos Perú, un grupo de centroderecha que no tiene una línea clara. Y finalmente están los partidos que votan por “principio”: el Frente Amplio —la izquierda que busca una nueva constitución y que dice luchar contra la corrupción— y el Frepap —una organización político-religiosa que bajo el discurso de la “moralidad” les sigue el juego a las otras bancadas—.   

Esos grupos políticos (con 105 votos) fueron los que destituyeron a Vizcarra el 9 de noviembre. Era su segundo intento de vacancia. El primero fracasó hace solo dos meses. Esta vez lo sacaron por “incapacidad moral”, una causal amparada en la Constitución peruana. Lo acusaron de “corrupto” por presuntamente haber recibido dos coimas a cambio de entregar sendas obras cuando era gobernador de Moquegua (2011-2014), una región al sur del Perú.

Pero la acusación aún estaba en investigación. No había denuncia de la Fiscalía ni sentencia del Poder Judicial. La opinión pública pedía que rindiera cuentas y fuera procesado, pero recién cuando dejara la presidencia, en julio del 2021. El 78% de peruanos quería que se quedara en el puesto. La crisis económica y la pandemia eran suficientes para el país como para sumarle una crisis política. Pero sus voces no fueron oídas.

Al sacarlo, la presidencia recayó en Manuel Merino, el presidente del Congreso que pertenece a Acción Popular, el partido mayoritario del parlamento que también fue señalado como uno de los que buscaba suspender las elecciones del 2021. A Merino lo acusaron de pretender quedarse con el Ejecutivo desde setiembre, cuando se discutió la primera vacancia. Incluso se le tildó de sedicioso luego de que se conociera que llamó a los altos mandos militares antes de votar la primera destitución. La angurria de poder percibida por la gente convirtieron a Merino en un político impopular incluso antes de asestar el “golpe de estado”.

El mismo lunes 9 de noviembre que vacaron a Vizcarra, la ciudadanía —principalmente jóvenes— tomó las calles. No necesariamente por Vizcarra, sino por la estabilidad político-económica en medio de una pandemia y por los temores que despertaban Merino y las bancadas que votaron por la destitución. La población continuó con las protestas al día siguiente, cuando Merino asumió la presidencia. Un día después, Merino nombró como primer ministro a Ántero Flores Aráoz —un político conservador acusado de lobista universitario, indolente, machista y racista — y la ira popular se avivó. Para el jueves 19 de noviembre —cuando Merino juramentó a un gabinete ministerial cuestionado y ultraconservador— la manifestación ya había escalado en una protesta que se sintió en todo el país.

A pesar de que las arengas que pedían su salida se escuchaban en calles y redes sociales, Merino no mostraba intención de renunciar. Tampoco de pronunciarse. Ni siquiera lo hizo cuando la protesta nacional del jueves dejó varios heridos por perdigones y lacrimógenas que la Policía utilizó para reprimir a los jóvenes que se manifestaban en la capital. Los únicos que dieron la cara fueron su primer ministro —quien enfureció más a la población cuando dijo que no entendía por qué los jóvenes protestaban y dio su apoyo a la Policía— y su ministro encargado de la Policía, Gastón Rodríguez —quien negó la evidente represión—.

Para el último viernes, la indignación nacional era tal que ni siquiera el encuentro futbolístico entre Perú y Chile logró apaciguarla. Al contrario, se sumaron cacerolazos que se oyeron en varias ciudades del país. El repudio contra Merino, el Congreso y la Policía alcanzó niveles estratosféricos el sábado 14 de noviembre. Ese día, dos estudiantes, Inti Sotelo y Bryan Pintado, fueron asesinados por presuntos perdigones policiales mientras protestaban en Lima. Con el pasar de las horas, cada vez eran más los familiares y amigos que reportaban la desaparición de manifestantes (esa noche se contaron 43, pero afortunadamente fueron apareciendo gradualmente, aunque aún hay dos inubicables). Esa noche, el Perú no durmió. Las cacerolas retumbaron a la medianoche y los jóvenes volvieron a las calles en plena madrugada para pedir la cabeza de Merino.

Solo después de todo ese caos, el Congreso reaccionó e intentó corregir su sangriento error sacando a Merino. Luego de quitarle su respaldo, Merino renunció el domingo 15 de noviembre, seis días después de haber asumido el cargo y en medio de más protestas juveniles que ahora pedían justicia para Inti y Bryan, e incluso una nueva constitución. Desesperado, el parlamento buscó nombrar a un nuevo presidente de transición. Tras negociaciones políticas que se alargaron hasta el lunes 16, finalmente eligieron a Francisco Sagasti, uno de los pocos legisladores que votaron en contra la vacancia de Vizcarra.

Sagasti asume hoy la presidencia hasta julio del 2021. Las calles se han apaciguado y no hay ninguna protesta mayúscula contra él (salvo los chillidos de la derecha conservadora que aún lamenta la salida de Merino). Sin embargo, la población aún llora la muerte de Inti y Bryan. Exigen justicia para él y los heridos. Muchos no descansarán hasta que aparezcan los dos manifestantes todavía no ubicados. Y no faltan las voces que reclaman sin temor cambiar la constitución peruana heredada por el gobierno autoritario de Alberto Fujimori. “Con la generación del bicentenario, una dictadura dura siete días”, han dicho con más calma, pero conscientes de que esto aún no termina.

 

* Periodista de la Universidad Nacional Federico Villarreal (Lima, Perú). Trabajó en los medios peruanos diario UNO, portal de investigación Convoca, radio Madre de Dios y actualmente en la web Útero.Pe.

** Comunicador audiovisual egresado de la Universidad del Cine (Buenos Aires, Argentina). Trabaja actualmente como realizador en los medios digitales Útero.Pe y LaMula.pe.

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Armenia: El detrás del «cese del fuego»

Te acercamos las claves para entender el conflicto de una tierra lejana pero con una gran comunidad en Argentina.

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Por Edgardo Andrés Kevorkian*

Hace menos de 48 horas, cuando esta nota ya estaba escrita y lista para salir, el Primer Ministro de Armenia, Nikol Pashinyan, publicó el siguiente comunicado anunciando el fin de la guerra:

Queridos compatriotas, hermanas y hermanos.

He tomado una decisión difícil, extremadamente difícil para mí y para todos.

He firmado una declaración con los presidentes de Rusia y Azerbaiyán sobre el fin de la guerra de Karabaj a la 01:00.

El texto de la declaración que ya se ha publicado es indescriptiblemente doloroso para mí personalmente y para nuestro pueblo.

 

Así inicia el comunicado que da fin a la guerra pero no a la lucha

El conflicto se detiene en lo que actualmente es el status quo: Azerbaiyan domina hacia el sur de Artsaj, todo lo que era el límite con Irán. Fuerzas de Paz rusas custodiarán el paso de Lachin, garantizando el tráfico en ambos sentidos entre Artsaj y Armenia, desde la carretera actual y 5 km a lo ancho de la ruta. Lo mismo con Shushí. Se realizará intercambio de prisioneros y de cadáveres, y se permitirá el regreso de la población desplazada y refugiada con intervención de ACNUR (ONU).

Además, Armenia se compromete a garantizar el tránsito entre (ahora) Azerbaiyán y Najicheván, pasando por territorio de Syunik (Armenia) y se compromete a construir una carretera nueva que garantice el paso. El descontento crece entre la comunidad armenia, porque esta capitulación implica pérdida de territorios, y no devuelve las vidas perdidas durante los ataques -en desigualdad de condiciones- del ejército turco.

Movilización de la comunidad armenia en Bs As el 08/10| Fuente: APDH Argentina

A continuación, el artículo original, donde te contamos las claves para entender un conflicto que reaviva el dolor de un pueblo atravesado por un genocidio que todavía es negado por muchos países, en la pluma de Edgardo Kevorkian, fotógrafo argentino-armenio:

“Hay una guerra en el Cáucaso”, “hay un segundo Genocidio contra los armenios” o “hay un ataque de armenofobia nuevamente”. Podría decirse que todas las afirmaciones son correctas. Pero para entender un poco más de qué se trata todo esto que está sucediendo insólitamente, en al año 2020, hay que tener en cuenta algunas cuestiones de varios años para atrás.

Primero, situarnos en el mapa. 

Armenia es un país que se encuentra en el límite entre Europa y Asia; sus países vecinos son Turquía, Irán, Georgia, Azerbaiyan y Artsaj (conocido internacionalmente como Nagorno Kharabagh). Este último, y quizás menos conocido, es el nombre más oído desde el 27 de Septiembre, ya que es el territorio que está siendo atacado.

La frontera en conflicto | Fuente: ArmDay

¿Y por qué empecé hablando de Armenia entonces, si el atacado es Artsaj? 

Básicamente, porque “Artsaj es Armenia, y Armenia es Artsaj” ya que sus habitantes, 150 mil aproximadamente, son originarios de la región. Hace más de 5 mil años que son armenios, hablan armenio, rezan en armenio, cantan, bailan y cocinan armenio.

¿Y entonces por qué son dos países diferentes?

Para responder esta pregunta, vamos a situarnos en el comienzo del conflicto de Nagorno Karabaj a principios del siglo XX, cuando la región cayó bajo control de la Unión Soviética. En 1923, Joseph Stalin decidió entregar la gestión de Karabaj, históricamente habitada -como ya mencionamos- por personas de origen armenio, a la República Socialista Soviética de Azerbaiyán, en calidad de región autónoma. 

En 1988 surgió un movimiento independentista en Armenia y en Karabaj que comenzó a manifestarse a favor de la reunificación de ambas, pedido que fue rechazado por el gobierno soviético. Tanto Armenia como Azerbaiyán y Nagorno Karabaj declararon su independencia antes de la desintegración de la Unión Soviética, lo que desembocó en una guerra entre Nagorno Karabaj, apoyada por Armenia, y Azerbaiyán, apoyada por Turquía.

La guerra duró hasta 1994, cuando Azerbaiyán se vio obligada a firmar un cese del fuego con Nagorno Karabaj y Armenia tras sufrir grandes derrotas militares. En ese momento, se acordó que el organismo encargado de mediar en el conflicto sería el Grupo de Minsk de la OSCE, copresidido por Estados Unidos, Rusia y Francia. La población de Nagorno Karabaj fundó una República con todas sus instituciones y argumenta que cuentan con el derecho a la autodeterminación para declararse independiente.

Fuente: Diario Armenia

La actualidad

Desde la firma del cese del fuego, hubo violaciones a la tregua en la línea de contacto, con situaciones que llegaron a escalar en la Guerra de los Cuatro Días de abril de 2016. En 2020, hubo una escalada del conflicto en julio. Luego de conocerse la noticia, en Azerbaiyán hubo una multitudinaria marcha con casi 10 mil personas para pedir al gobierno del presidente Ilham Aliyev que declare nuevamente la guerra contra Armenia y Artsaj.

Ahora sí, llegamos al domingo 27 de septiembre de 2020, cuando Azerbaiyán y Turquía, con apoyo de mercenarios islamistas de Siria y Libia, comenzaron una guerra contra Artsaj y Armenia. Los ataques del Ejército de Azerbaiyán se centraron en las poblaciones civiles de Artsaj, llegando incluso a bombardear hospitales, iglesias y escuelas.

Los organismos de derechos humanos Amnistía Internacional y Human Rights Watch denunciaron que Azerbaiyán utilizó bombas de racimo, prohibidas por la legislación internacional, contra civiles. La diplomacia de Azerbaiyán utiliza la estrategia de “propaganda espejada”, donde a cada denuncia de Armenia contra Azerbaiyán responden con la misma denuncia contra Armenia, a fin de difundir información falsa del conflicto y confundir a la opinión pública.

Fuente: Diario Armenia

El Gobierno de Armenia y la diáspora de todo el mundo denuncian que se trata de un nuevo genocidio por parte de Turquía y Azerbaiyán contra el pueblo armenio, como ocurrió entre 1915 y 1923 durante el Genocidio Armenio planificado y ejecutado por el Estado turco. Desde hace varios años, el gobierno de Azerbaiyán mantiene una política de racismo contra las personas de origen armenio, a quienes se las considera enemigas. La familia del actual presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, gobernó el país por casi 40 años. “Nuestros principales enemigos son los armenios de todo el mundo”, dijo Aliyev en 2012, quien en reiteradas oportunidades amenazó con reiniciar la guerra. El gobierno de Aliyev es periódicamente denunciado por los organismos internacionales de derechos humanos.

Por estos motivos, la comunidad armenia de Argentina pide el reconocimiento de la República de Artsaj, mientras que el pueblo armenio en su conjunto busca que la comunidad internacional presione y denuncie a los Presidentes de Turquía y Azerbaiyán, Recep Tayyip Erdogan e Ilham Aliyev, respectivamente.

Diario Armenia cuenta con corresponsales argentinos acreditados en la zona de conflicto, que pudieron constatar cada uno de los ataques de Azerbaiyán.

Fuente Consultada: Diario Armenia

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* Ha publicado sus trabajos en destacados medios locales e internacionales. Desde 2005 fortalece su vínculo con la fotografía de conciertos y músicos. A partir de 2014 dicta talleres y cursos de fotografía de espectáculos.

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Ciencia al servicio de todes: Iniciativas argentinas contra la infodemia

Estos proyectos están jugando un papel clave en la pandemia.

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Por Catalina Márquez*

Desde la irrupción del coronavirus, la Organización Mundial de la Salud viene alertando sobre un término que quizá escuchaste: la “infodemia”. Cuando hablamos de infodemia nos referimos a “una práctica que consiste en difundir noticias falsas sobre la pandemia y que aumenta el pánico en las sociedades”. Audios que llegan por WhatsApp prometiendo soluciones mágicas, fake news que leemos en Twitter y Facebook con escaso sustento científico, teorías que encontramos en Youtube con argumentos inverosímiles: todo nos lleva a la desinformación.

Que el virus fue creado por Bill Gates, que sólo afecta a los adultos mayores, que el barbijo no sirve de nada o que el consumo de bebidas alcohólicas elimina al virus son tan sólo algunas de las “noticias” que circulan en redes sociales y que atentan contra la salud pública. Compartir este tipo de información sin verificación previa puede producir consecuencias muy graves.

Ciencia Anti Fake News

Distintas iniciativas encabezadas por científicxs e investigadorxs trabajan para contrarrestar los efectos de la desinformación y la viralización de contenidos falsos. “Ciencia Anti Fake News” es el nombre de uno de los proyectos de chequeo de información que hasta el momento lleva desmentidas más de 150 fake news.

“Recibíamos muchas consultas en relación al virus, apenas se declaró la pandemia empezamos con este proyecto que es autogestivo y voluntario”, comenta Soledad Gori, bióloga e investigadora especializada en Inmunología que encabeza el equipo. “Ciencia Anti Fake News está formado por catorce científicxs del CONICET, somos de formación biólogos, bioquímicos y biotecnólogos en su mayoría, además trabajamos con profesionales de la comunicación”, cuenta Soledad. Además, el proyecto fue recibido por el Conicet y hoy forma parte de la plataforma Confiar, de Télam.

Apenas se puso en marcha el proyecto, el equipo se dividió en tres comisiones: una comisión encargada de identificar y seleccionar aquellas fake news presentes en las redes sociales, otra encargada de buscar artículos en revistas científicas, es decir, fundamento teórico con evidencias científicas para verificar la información, y una tercera comisión que adapta el lenguaje científico a uno más “coloquial” para que sea comprendido por todxs. “Tratamos de que la ciencia no sea individualista, queremos acercar la ciencia a la gente. Hay noticias falsas que son muy peligrosas como la del hidróxido de cloro porque hacen daño directo a las personas, por eso es importante siempre chequear la información que vamos a compartir”, agrega Soledad.

Corona Consultas

Otro de los proyectos que surge con el fin de aclarar dudas sobre el COVID-19 es la web Corona consultas, organizada por Fabricio Ballarini, biólogo e investigador del Conicet: “Todo el tiempo estaba recibiendo consultas en redes sociales sobre el virus, entonces me pareció importante contar qué era un virus y cómo cuidarse. Pregunté en mi cuenta de Twitter si algún científicx se sumaba a responder consultas conmigo y se sumaron especialistas de distintas áreas”. Además del sitio web, @CoronaConsultas responde preguntas desde marzo en Twitter e Instagram porque como bien señala en la descripción, “Tu pregunta salva vidas”.

El científico también lanzó la campaña #InfoDeLaBuena, junto a muchos influencers, para compartir información verificada sobre cuestiones vinculadas principalmente a la salud. “Info de la buena se me ocurrió cuando empecé a ver que muchos influencers, que tienen mucha llegada en redes, empezaban a hacer posteos con poca evidencia científica. Se me ocurrió que podíamos hacer algo positivo desde nuestro lugar, entonces le mandé la propuesta a distintas personas que tienen muchos seguidores y se coparon”. Así nació esta campaña, conocida también como “La liga del bien”, que busca viralizar contenido científico en las redes sociales. La primera edición estuvo dedicada a divulgar información de calidad sobre la importancia de las vacunas.

Sin duda el contexto de emergencia sanitaria plantea un desafío en el presente y de cara al futuro: repensar y ejercer nuestro rol como comunicadores con responsabilidad, con información de calidad y, sobre todo, con evidencias científicas. Ballarini reflexiona sobre esta cuestión: “Algunos medios utilizan al virus como parte del entretenimiento, lo peor es cuando se utiliza a la pandemia para otros intereses que no sean salvar vidas”.

Florencia Curzel, bióloga e integrante de Corona Consultas, afirma que “muchos medios hegemónicos presentan noticias con titulares llamativos pero con información parcial”. Para combatir los efectos negativos provocados por las fake news, Florencia aconseja: “Hay que leer todo el cuerpo de la noticia, desconfiar de los títulos que tienden a angustiar, buscar fuentes oficiales, verificar las fuentes que se mencionan en la nota y desconfiar de aquellas noticias que nos llegan por WhatsApp con soluciones milagrosas”.

Hoy más que nunca es tiempo de reconocer y destacar el compromiso de nuestra comunidad científica que muchas veces ha sido destratada y desfinanciada. Comunicar el conocimiento y acercar la ciencia a la sociedad, de eso se trata.

 

* Comunicadora social de la Universidad Nacional de Moreno. De Boca, como Román. @ccatalinamarquez

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